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Historias personales 
sobre depresión y trastorno bipolar

Kelly
Finalmente tiene sentido

Hace un mes, me desperté y simplemente no me podía levantar de la cama. Tenía reuniones programadas para ese día, asuntos que atender, sin embargo, nada de eso me importó. Lo único en lo que pensaba era quedarme debajo de las sábanas y no hablar con nadie. Permanecí en ese estado durante tres días y a medida que mi trabajo se acumulaba y mi esposo se preocupaba más y más, me di cuenta de que tenía que hacer algo al respecto. Concerté una cita para visitar a mi médico familiar.

El tiempo pasaba y recordé que tenía que salir de la casa; podía sentir la ansiedad en mi estómago. Pensé por un largo rato y profundamente acerca de lo que le diría al médico, ¿qué debo decirle, que tenía gripe? Tal vez que tenía fiebre glandular... luego caí en la cuenta de que en otras ocasiones ya había experimentado el deseo de permanecer postrada en la cama y de que había fingido síntomas de gripe para justificar mi estado a los demás, sin embargo, en este momento, los síntomas eran obvios: sufría de depresión. Nunca antes lo había admitido y no sé por qué.

Por lo tanto, fui a ver al médico y con lágrimas en los ojos, le expliqué mis síntomas: insomnio, ansiedad, pérdida de motivación y niveles bajos de energía. Ella me hizo preguntas acerca de mis antecedentes familiares y de nuevo, sucumbí a la razón: mi padre había cometido suicidio. Mi médico me dijo que me encontraba sufriendo de depresión clínica y que por causa de mis antecedentes familiares, consideraba conveniente recetarme antidepresivos.

No podía creer que me hubiera tomado tanto tiempo llegar a este punto. A pesar de haber padecido de depresión por tanto tiempo, yo siempre cumplía mis funciones, excepto durante los períodos de crisis ocasionales que experimentaba cada año y que me hacían permanecer postrada en la cama. Yo siempre atribuí estos episodios a la gripe o la migraña y así los justificaba ante mí misma y ante las demás personas.

Los antidepresivos están funcionando bien, aunque todavía tengo que hacer un gran esfuerzo por saltar de la cama en algunas ocasiones. El hecho de tener que enfrentar y aceptar mi problema de depresión me hace sentir liberada y ahora soy mucho más condescendiente conmigo misma. Las veces que me sentí deprimida y con ganas de permanecer postrada en la cama en el pasado, fueron momentos de mucha presión en mi vida profesional. Siempre he sido una gran triunfadora y constantemente me presionaba para ir más allá de mis límites. ¡Yo pensaba que ésta era una actitud valiente! No dejaré que esto suceda de nuevo; he tomado la decisión de ser más condescendiente conmigo misma. Cuando empiezo a sentirme deprimida, duermo bastante, pues me he dado cuenta de que esto me ayuda. De igual manera, he dejado de ingerir bebidas alcohólicas y he descubierto que ésta es una decisión acertada. Otra actividad que ayuda mucho es el ejercicio (particularmente en la mañana), sin embargo, tengo que batallar con mi mente para levantarme y ¡echar manos a la obra para hacerlos!


Donald
Dormí en Central Park

Empecé a experimentar cambios notables en mi estado de ánimo durante mi último año de secundaria. Mi situación empeoró de forma progresiva cuando a la edad de 19 años, comencé a trabajar en una misión de mi iglesia que duró dos años. Más adelante, mientras estaba en la universidad, el estrés se apoderó de mí. Estudiaba en una prestigiosa escuela de música e iba bien, sin embargo, me sentía totalmente deprimido. Yo pensaba que alcanzar mis metas me haría sentir feliz. Esto no funcionó. Me salí de la escuela y anduve de empleo en empleo; algunos tenían que ver con la música y otros no, hasta que fui a parar a la casa de mis padres otra vez, avergonzado y sin ninguna solución a la vista.

Alguien me recomendó un antidepresivo así que fui al médico y conseguí algunos pensando que sufría de depresión unipolar, sin todavía poder reconocer un episodio de manía. Cerca de la fecha en la que comencé a tomar los medicamentos, también empecé a beber. La combinación de los dos afectó mucho mi vida.

Comencé a experimentar ciclos rápidos y, de forma compulsiva, tomé la decisión de mudarme a la ciudad de Nueva York con el objetivo de realizar mi sueño de hacer una carrera musical. Yo pensaba que iba a ser famoso. Empecé a andar de gira con una banda y mi problema de bebida empeoró. Era un bebedor escandaloso y, algunas veces, agresivo. También comencé a fumar marihuana. Cuando visité a una terapeuta en Nueva York por primera vez, ella me recomendó que dejara de tomar antidepresivos en vista de que mi manía se había convertido en un problema serio.

Sin el antidepresivo, empecé a depender más y más de la marihuana. Cuando andábamos de gira por Europa, yo la fumaba todas las noches. Con el tiempo, terminé varado en España en un estado psicótico inducido por las drogas. Tuve suerte de regresar vivo a casa. Comencé a desear estar muerto. Aun sin las drogas, me volví más psicótico y me puse mucho más deprimido.

Después de vivir en varios estados y de tener muchos y diferentes trabajos, de algunos de los cuales fue despedido, regresé de nuevo a vivir con mis padres. Pensé seriamente en suicidarme e incluso elaboré un plan. Lo único que evitó que lo hiciera fue preguntarme dónde iría a parar si me quitaba la vida. Las enseñanzas religiosas me indicaban que el suidicio era malo. Parecía que ningún castigo podría ser tan severo como lo que ya había aguantado, pero luego me puse a pensar que si había algo peor, eso era algo de lo que yo no quería saber. Estaba tan deprimido que aunque hubiera querido llorar no habría podido hacerlo.

Comencé a escuchar voces y a ver cosas que en realidad no existían. Durante poco tiempo, hasta estuve convencido de que yo era una reencarnación de Jesucristo. Ésta es la primera vez que he sentido el deseo de hablar al respecto. La mayor parte del tiempo, yo me callaba mis alucinaciones.

Una vez, durante un episodio agudo de manía, tuve el impulso de recorrer el país en automóvil, saliendo de Utah y regresando a la ciudad de Nueva York, sólo con dinero para la gasolina, sin tener donde hospedarme, sin comida, ropa adicional o contactos reales, pues estaba enojado con los amigos que solía tener allí. El único objeto que llevé conmigo fue mi saxófono. Menos mal que decidí llevármelo porque terminé empeñándolo en la calle para poder conseguir dinero y comprar comida. Dormí en Central Park durante una semana. Finalmente, la iglesia me acogió y me mandó de regreso a casa. Para mí, fue como sentir que mi vida se había derrumbado. Fue como haber acampado.

Finalmente tuve que pasar cierto tiempo en un hospital psiquiátrico por tener pensamientos suicidas, antes de comenzar a tomar medicamentos nuevamente. Todavía hay trabajo de afinamiento por hacer, sin embargo, ahora me siento mucho menos deprimido. 


Holly
La enfermedad de mi ex-esposo

Yo era la muchacha más feliz del mundo por haberme casado con el amor de mi niñez.  Él era el muchacho más amable, más creativo y más atlético de la escuela durante nuestra época de estudiantes. Todos mis sueños se hicieron realidad cuando comenzamos una familia juntos y tuvimos dos hijos.  La vida parecía perfecta. 

Sin embargo, algo cambió.  Mi héroe empezó a experimentar cambios extremos en su estado de ánimo y me agredía cada vez que se sentía deprimido. Sus crisis depresivas se hicieron más y más frecuentes y pronto su estado de ánimo experimentaba bajas transitorias varias veces en tan sólo unos días. . 

Tenía dos aventuras, las cuales lo hacían sentirse incluso más perturbado que yo. El mayor desengaño ocurrió cuando, durante una crisis de manía aguda, él tomó la decisión de divorciarse de mí y casarse con otra mujer, dejándonos a los niños y a mí a nuestra suerte.  Se casó con la otra mujer y juntos se mudaron de estado en estado durante cinco años. Fue raro ver que tuviera la fuerza necesaria para ponerse en contacto con nuestros dos hijos, quienes son jóvenes adultos en la actualidad. Él no ha podido trabajar en un solo lugar durante más de un año. 

Agradezco el hecho de que no se haya suicidado y también el hecho de que sus padres lo hayan aceptado a él y a su actual esposa en su hogar y lo hayan convencido de visitar un psiquiatra.  Hace dos semanas, acudió a la cita y le diagnosticaron y recetarón medicamentos para tratar su trastorno bipolar.  Espero que los medicamentos lo ayuden a poner su vida en orden. 

De lo que más me arrepiento es de no haber buscado la ayuda de un psiquiatra hace muchos años atrás. La razón por la que decidí escribir esta historia fue porque al leer las historias de aquéllos que han sufrido de esta enfermedad, me los imagino recordando todo lo que han perdido. La verdad es que posiblemente no lo hayan perdido todo. Algunos de nosotros recibiríamos nuevamente a nuestros seres queridos, si tan sólo tuviéramos esa oportunidad.

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Última actualización del sitio: Noviembre 25, 2005

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